Francisco, duro con los curas acusados de abuso

Verdad o consecuencia. Al Papa no se le puede ocultar, mentir o intentar cubrir el sol con las manos. No tiene precedentes en la historia de la Iglesia la actitud valiente, humilde, enérgica, terminante, de Su Santidad ante toda la cúpula de obispos chilenos. Se sintieron avergonzados, como deberían estar en la Argentina los periodistas que llenaron de palabras, injurias y falsedades el relato de la visita de Bergoglio a Chile.

Ante el orgullo de que sea un argentino quien está haciendo historia con el doloroso delito de los abusos, muestran indiferencia. A esta noticia que conmovió al mundo acá se la redujo a espacios nulos o mínimos. Francisco citó en el Vaticano a 34 obispos chilenos con quienes estuvo reunido durante tres jornadas.

Los convocó para tratar los motivos que hicieron sangrar a la Iglesia y a la sociedad, en Chile. Los llamó no para fortalecerse en la fraternidad sino por estar cuestionados como Iglesia. Los abusos sexuales que son el fruto del abuso de poder fueron el eje. Pecados graves y delitos civiles.

En el documento de examen de conciencia que fue dado en mano a cada uno de los prelados, durante el primer encuentro, Bergoglio les hizo saber que la Iglesia de Chile dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma. Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención.

El pecado, en este caso, es el abuso sexual de menores y su encubrimiento por parte de un sector de obispos. Francisco pide desde el 13 de marzo de 2013, cuando asumió como Papa, a todos los obispos del mundo que erradiquen el vicio del clericalismo. Los chilenos miraron para otro lado.

El centro del documento de Su Santidad es ir a fondo para descubrir por qué seis obispos y la Conferencia Episcopal fueron incapaces de investigar, oír, atender un problema atentos al mandato de ayudar a las víctimas y tener tolerancia cero ante un delito, imperdonable, como el abuso.

Para Francisco, “las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal”. Por eso dejó claro que hay que evitar “la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación, el pellejo; y que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuestas humildes, concretas y en comunión con todo el pueblo de Dios. La gravedad de los sucesos no nos permite volvernos expertos cazadores de chivos expiatorios”.

Gravísimo: negarse a oír a las victimas cuando presentaban la denuncia en las diócesis. No tan sólo eso: en lugar de expulsar a los religiosos, los acogían en otras diócesis y les confiaban cargos parroquiales que implicaban contacto con menores de edad.

Investigación

El arzobispo Sciclina investigó en Chile “las presiones ejercidas sobre aquellos que debían llevar adelante la instrucción de procesos penales o incluso la destrucción de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesiásticos”.

Avergonzados

Los obispos llegaron a Chile avergonzados y con el dolor de ya no ser. Ninguno tuvo contacto con la prensa y todos pusieron su renuncia a disposición del Papa. El arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, y su predecesor Francisco Javier Errazuriz, niegan la realidad. Se los ve asombrados de que el Papa haya puesto sobre la mesa en Roma los delitos de encubrimiento.

No son los únicos, hay otros, de cuyo nombre no quiero acordarme, con la misma actitud. Los relevos de los obispos pueden llevar de tres a seis meses, Francisco les pidió que se dediquen a reparar el daño causado, hasta tanto se les comunique que deben irse. Todos ellos tienen fecha de vencimiento.

fuente: cronica

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